El pesimismo demográfico teme que, si seguimos creciendo, llegará un momento en que no habrá bastante para todos. El economista norteamericano Julian Simon estudia la relación entre población y recursos, con dos eficaces remedios contra el espanto: confrontar las previsiones catastrofistas con lo que en realidad ha ocurrido y sugerir enfoques originales que descubran la otra cara de los problemas
El miedo al aumento de población se basa en un craso error: creer que los recursos son fijos o tienen un límite definible. La cantidad de recursos disponibles está constantemente afectada por nuevos descubrimientos tecnológicos y nuevas demandas comerciales. Por tanto, no debe asombrar que en los últimos decenios las reservas de materias primas hayan aumentado, en vez de disminuir, a la vez que crecía la demanda. Igualmente, se ha incrementado la producción de alimentos por habitante.
A la vez, como los recursos efectivos dependen del trabajo humano, el crecimiento demográfico tiene efectos positivos. Amplía los mercados y estimula la actividad económica. Por ejemplo, hace que sean rentables muchas inversiones en infraestructuras, necesarias para la prosperidad, que no son factibles donde la población es escasa y dispersa.
En definitiva, no hay fundamento científico para afirmar que la población actual es demasiado grande o que aumenta demasiado deprisa. Tales prejuicios olvidan un dato fundamental de la economía: el ingenio y el trabajo humanos. Antes que la tierra o cualquier otro medio material, el ser humano es el recurso supremo.




